🇹🇷 Etapa 1×14 🇬🇪 – ¡¿Qué demonios hago yo aquí?!

¡Hola de nuevo amigos!

Hoy amanecemos en Ordu, en plena costa del Mar Negro, al Norte de Turquía.

A diferencia de otros días, en los que el título de la etapa lo elijo por la canción con la que arrancamos, hoy amanecemos con Viaje al Norte, de Loquillo.

Porque anoche llegamos al Norte de Turquía pero, como dice la canción; esta noche por fin, viajaremos hacia el Norte otra vez, el viento ha vuelto a cambiar y ha borrado el camino que hay que hacer, para huir hacia atrás. No tenemos un destino fijo, solo una dirección hacia la que ir.

Porque sé que hoy conduciré junto al mar y porque sé que vamos en la buena dirección, que veremos gente al pasar en la tierra de nadie y sobretodo porque no va a importar el ganar o perder. Porque me da igual dormir aquí o allá, no tengo una meta fija, ni un sitio al que llegar hoy.

Porque mañana cuando salga el sol sabré que todo va bien, estaremos muy lejos de aquí, es cuanto quiero yo hacer. Y esa es mi verdad, esa es la verdad de este viaje. He viajado bastante y cada vez me gusta más hacerlo asína, sin planes, ni destinos. Esta era mi prueba de fuego para probar si de verdad me gusta la vida nómada y, tengo que deciros una cosa: ME ENCANTA.

No te creas que intento huir o que yo busco una luz, no hay preguntas por responder, ES CUANTO QUIERO YO HACER ¡JODER!

No hemos madrugado tanto como queríamos pero aún así, el día empieza bien, el hotel tenía el desayuno incluido y, por lo que se ve, pocos huéspedes. Tenía 3 personas dispuestas a atenderme con toda la amabilidad del mundo. Eso sí, el desayuno de hoy fue más aburrido. Los trabajadores hablaban inglés y todo fue más correcto que el día anterior.

Una vez finalizado el desayuno bajamos al parking a cargar la moto y partir. Un empleado me acompaña y ayuda con las maletas pero hay alguien más en el aparcamiento. Otro cliente muestra especial interés en mi montura. El tipo había tenido 2 Hondas CBR, le respeto por ello aunque no tanto por dejar de tenerlas.

El tío sabía bastante de motos y le asombraba mucho tanto mi viaje, como mi equipamiento. Mantuvimos una agradable conversación, lo que hizo que me retrasara un poco más, y yo lo que quería era dar Gas y Rock’N’Roll.

Por fin arrancamos y, al igual que el día anterior, la ciudad cambia por completo. El ambiente parece muy sano y calmado; hay gente por la calle pero caminan con calma, se ven bastantes mujeres y niños. La noche anterior cuando iba camino del restaurante me crucé con un grupo de 4 chicas que al verme se cambiaron de acera ¡QUE NO SOY TAN FEO, LA VILGEN! ¡Y eso que era de noche! JAJAJA

Rápidamente salimos de Ordu y volvemos al Mar Negro que bien podría ser el Cantábrico. Hacemos una Pit Stop para miccionar y viene un lugareño a contarme no sé muy bien qué, pero le daba igual que no le entendiera o entendiese, el me contó lo de su libro y marchóse.

El día evoluciona sin percance alguno. A diferencia de ayer, hoy tenemos sol. Con las montañas a la derecha, el mar a la izquierda y un pavimento respetable, el binomio comienza a devorar kilómetros y kilómetros por las serpenteantes curvas marnegreras.

La zona es espectacular. Desde que entré en Turquía fui comentando a los turcos mi intención de ir a conocer el norte y, sinceramente, pensé que exageraban, que estarían acostumbrados a la sequía y al tener una zona verde les parecería mucho más bonito de lo normal. Y yo, viviendo en el País Vasco, pensé que no llegaría a sorprenderme. Nada como viajar para aprender.

Al encontrar una Shell paramos a repostar y cada vez me preocupa más la llave del depósito. Está tan dura que tengo que sujetar toda la llave para que no se doble al hacer fuerza para abrir la tapa. A este gasolinero, que balbucea algo de inglés, también le digo que cuando termine de echar gasolina no intente cerrar el depósito, me dice que OK. Y este tampoco me hizo caso.

Tras una hostia del casco contra el suelo al mover la moto y reponer líquidos (no os hagáis ilusiones, no hay cerveza de por medio) seguimos avanzando hasta que comienza a llover.

¡Ay señor que me quedo sin comerl!

Bajamos el ritmo pero no nos detenemos, parece que hemos cogido buen ritmo y es lo que quería. Llevamos ya 5 días en Turquía y ha llegado el momento de poner fin a esta bonita etapa, pero no podía abandonar más de 500 Kilómetros por el Mar Negro sin comer el pescado típico (sobretodo teniendo en cuenta que llevo más de dos semanas de viaje y sólo un día no he comido carne).

De repente, cruzóse en nuestro camino un sitio a pie de pista con un pescao enorme en la puerta de un restaurante, en plena carretera costera. Me entra el hambre y, a diferencia del resto de días, decido parar a comer.

El sitio es bastante curioso, parece muy tranquilo y que está vacío pero no queda sitio en la terraza de arriba, con vistas al mar, así que, tras ir a elegir el pescao y la sopa (de pescao), me salgo a la terraza a comer con mi amada compañera de viaje.

Una suculenta comida, calmada, muy buena, económica y reconfortante.

Aprovecho el WiFi para hacer algunas videollamadas a España y subir un video a YouTube para después volver al ruedo.

Seguimos atravesando localidades a lo largo y no tan ancho de la costa negra. La bebida de la comida ha hecho su efecto y estoy meándome desde hace rato pero quiero parar a hacer una buena foto y alguna toma chula con el Dron. La zona es espectacular pero no se aprecia desde lo que pueda grabar con la GoPro en el casco y Turquía se va acabando. Un rato antes de la frontera encuentro un camino en el que intentarlo. Me orillo y monto el instalache pero nada más arrancar el dron aparece la policía. Turquía es uno de esos países que en el tema de drones está en amarillo, quicir; ni legal , ni permitido. En teoría, hacen falta unos permisos y sólo se puede volar en determinadas zonas. Total que según veo a la policía me acojono, tengo el dron lo suficientemente alto como para que no lo vean pero soy más sospechoso que un gitano haciendo foooting. Asínque, acojonao por no saber si puedo tener algún tipo de repercusión o multa, recojo a toda hostia y sigo mi camino, es lo que sé hacer.

Acto seguido llegamos a la frontera con Georgia, un país de estos de los que apenas has oído hablar y que, encima, yo no he buscado nada de información. Que sea lo que Dios quiera. Pero me intriga muchísimo, ¡A ver qué nos encontramos!

Cuando me voy acercando a la frontera me encuentro con una hilera de más de 1 kilómetro de camiones parados en el carril derecho. Estarán esperando la cola o algún trámite para entrar, deduzco. Los adelanto a todos por el carril de la izquerda y cuando llego a la primera parada hay un carril que me indica ir a la izquierda y otra vez a la izquierda. Sí, habéis sumado bien; 90º + 90º = 180º. Lo que, mayormente, viene siendo un cambio de sentido. Pa’ cuando me quiero dar cuenta estoy yendo en sentido contrario. Yo, esperando encontrar algún tipo de cabina, puesto de policía o de información avanzo tanto que me encuentro en sentido contrario con todos esos camiones que he adelantado. ¿Qué coño hago? Avanzo otros 5 kilómetros hasta que encuentro un cambio de sentido en el que volver a ponerme mirando pa Cuenca Georgia.

Yo, por si doy poco el cante, vuelvo a pasar por toda esa hilera de camiones con sus camioneros correspondientes, bajados de sus camiones esperando esa eterna cola que me desespera a mí sólo de verlos. Pienso para mí: esto es una frontera en Asia, ¡Tienen que estar acostumbrados! Tiempo después llego al final/principio de la cola y pienso: ¡Los cojones! ¡Las narices! ¡A esto no se acostumbra nadie!

Esta vez voy muy lento y atento, entre el primer giro a izquierdas de 90º y el segundo, hay otra señal para turismos. Allá que me meto y llego a la primera parada, en la que culebreo para colarme lo que puedo. Esta parada no es para entrar en Georgia, si no para abandonar Turquía. Aún así todo aquí es más complicado asín que, desde el primer momento, despliego todos mis encantos y lo que yo llamo trucos fronterizos (como por ejemplo tirar de la fama del fútbol español acompañado de una simpatía que roza la pedantería siempre que puedo).

Una vez que salgo de Turquía y estoy en una cola que no avanza avanza lentamente para entrar en Yoryia, decido invertir el tiempo en recolocar las ruedas que llevo de repuesto. Con paso lento, pero seguro, voy avanzando en los controles, pero veo que la cosa se empieza a complicar y noto en las caras de los agentes unos aires que no me gustan un pelo, se palpa la corrupción superioridad moral de los agentes.

Demasiadas preguntas, demasiados controles. Yo me muestro todo lo amable y vulnerable que puedo, no quiero que me vean como el aguerrido y chungo motero que soy realmente dejando claro que soy el típico guiri europeo que no tiene nada que esconder.

Conforme veo que se complica cada parada, decido quitar la cámara y accesorios del casco. Basta con un agente que te quiera complicar la vida, para joderlo todo. Me quedan dos paradas, una la paso relativamente bien pero la siguiente…

Esta es la última parada, la parada definitiva, la parada de las paradas, ¡La súperparada vamos! Desde el primer momento el trato llama al enfrentamiento. Hay una tipa en la garita y otro agente fuera, que antes de llegar a 2 km/h, apoyando los pies en el suelo y con el casco quitado para mostrar mi fea pero inocente cara, me manda parar como si fuese a saltarme el control.

El tío me habla mal y fuerte, yo le pido un poco de calma. Llevo mil trastos en la moto y cualquier cosa que me piden lleva su tiempo. El tipo empieza a emplear un tono que roza lo despectivo, tratando sin ningún tipo de cuidado mis papeles, ni a mí. Intento mostrarme totalmente vulnerable e indefenso para ver si se relaja y, cuando veo que la del poli bueno no funciona, me veo obligado a cambiar de tercio (asumiendo la probabilidad de no poder entrar al país).

Empezamos a discutir y yo intento hablar con la tipa de la garita, que habla un inglés normal. Esto no le gusta y empieza a darme voces y yo, para tocar las narices, no me dirijo a él y sólo hablo con la agente de dentro de la garita. A raíz del numerito que se ha montado, se acerca un tipo de aduanas intentando mediar. Resulta que Alexander, es un policía fronterizo francés que había estado muchos años destinado en México y latinoamérica, por lo que había aprendido español. Él, al igual que Richard Widmark, es un agente internacional y, aparte de eso, le encantan las motos. No es policía de Georgia, compañeros de estos tipos ni nada, pero es un agente que habla mi idioma y quiere ayudarme, lo cual me viene de escándalo.

Resulta que el tipo se estaba quejando de mi carnet de conducir, que era el europeo. Yo le expliqué que en ningún sitio me pedían el carnet de conducir internacional, pero que aún así, si hacía falta se lo podía enseñar, pero que lo llevaba muy guardado en el equipaje. El trabajo de Alexander era verificar la autenticidad de los documentos que pasaban por la frontera. Me pidió mi carnet europeo y él también me decía que lo del carnet de conducir internacional era absurdo, que era una simple cartulina. A lo Batman, fue sacando accesorios de su cinturón y dando vueltas a mi carnet hasta que lo dio por válido.

Se fue a la ventanilla a habar con la mujer y acto seguido la mujer me dijo que podía pasar, pero que tenía que sacarme un seguro para Georgia, que mi seguro no era válido aquí. Le dije que ni si quiera me había pedido el seguro de la moto y que, aparte, yo me había sacado un seguro internacional de viaje. No lo anduvo ni mirando, simplemente me señaló una garita donde me tenía que dirigir.

Yo, cual polluelo, no tenía claro si ya había conseguido entrar al país, o no. Me fui pa la garita esa que parecía el típico negocio marronero de compro oro, joyas de segunda mano o antro de este estilo de las películas. Según salí de la cabina de la aduana, ya salío un tipo de no muy buen aspecto a decirme donde me tenía que poner y aparcar mi moto.

El tipo cumplía con todos los estereotipos de ruso-rumano chungo de las películas, con su chándal, camiseta de tirantes cochambrosa y collar de oro incluidos. Entro a la garita y me sientan en un sillón que probablemente estaría lleno de V.I.H. Me dicen que si tengo dinero y según estoy sacando la cartera meten la mano y me cogen el dinero. Yo no tengo claro si son gente muy nerviosa o que simplemente quieren hacer lo que sea que tengan que hacer muy rápido, lo que todos tenemos claro es que en esa “oficina” van a sacarme la pasta.

Empiezan a hablar entre ellos, hacer cuentas y reírse. Me dan la vuelta en dinero Georgiano, supuestamente he pagado el seguro y cambiado dinero, pero no me dan resguardo de ninguna de las 2 cosas. Les intento preguntar que si ya está todo y, sin mirarme, uno le dice algo al otro y ambos se descojonan (obviamente de mí), me hacen un gesto como diciendo que me pire a tomar por culo y yo que no seré muy listo pero sí muy obediente cojo mi casco y me piro a tomar por culo de aquí.

Parece que ya estamos en Georgia, la cosa no ha empezado bien y desde el momento uno la cosa está turbia. Igual soy yo que no he entrado con buen pie, pero el ambiente no se respira hospitalario y las cosas dan mala espina. Todo está lleno de gasolineras turbias, oficinas de cambio y gente con no muy buena pinta. Pero oye, el forastero soy yo, habrá que esperar a ver si estoy sacando conclusiones precipitadas.

Avanzamos dirección norte, bordeando todavía la cosa del mar negro. Los animales son un vehículo más aquí, te los vas encontrado sueltos por todos sitios, da igual que sea un perro que una vaca, van a su bola.

La gente no respeta mucho más a los coches que los animales, todo el mundo se tira a la carretera sin mirar, pero lo que me sorprende de verdad es el ambiente; todo está sucio, hay como una nube de polvo con virutas de algo constante. Por no hablar de la carretera, madre del amor hermoso.

Hay tramos que la carretera son una especie de azulejos gigantes, de unos 3 metros de largo, por los que vas pegando unos botes que alucinas. Vamos avanzando y se hace de noche, pero estoy en medio de la nada. Hay muchísimo tráfico y en la zona solo hay una carreterade doble sentido, olvidaos de autovías o cosas por el estilo. No sé donde van tantos camiones, si no hay nada cerca.

Anochece rápidamente y no cruzo ningún pueblo, solo muchos cruzifijos en la misma carretera, eso sí, retroiluminados con leds de colores. Esto sí que me asombra, creo que no pasan 15 kilómetros sin que aparezca alguno. Intento hacer una parada, llevo muchas horas de viaje y es de noche, no se ve nada y con esta atmósfera tan sucia necesito parar. Si llevo abierta la visera me dejo los ojos, pero cerrada no veo nada porque va echa una guarrería. No hay pueblos, no hay hoteles, no hay gasolineras.

Aproximadamente una hora después me paro en la bocacalle de un camino y limpio, como puedo, la visera del casco. Miro en el GPS y no hay nada a la vista, sólo esta carretera que lleva a la capital, a 5 horas. Se avecina una larga jornada.

Intento avanzar como puedo, voy muy inseguro, con frío y sin disfrutar nada. No hay visibilidad, la seguridad es inexistente, el cansancio acecha y no hay perspectivas de encontrar alojamiento, me temo que hoy estreno la tienda de campaña.

En la siguiente parada, ya agotado de conducir en constante tensión, busco a ver si los mapas que tengo descargados sin conexión pueden arrojarme algo de luz. Encuentro un hotel en un pueblo y me desvío hacia él, cuando llego creo que ni Drácula se quedaría ahí, aparte de que tiene pinta de estar cerrado y abandonado.

Vuelvo a la carretera y 1 hora después veo una señal de desvío y me paro a ver si es que hay algún pueblo cerca. Repito la operación y encuentro un hotel en un pueblo a unos 10 kilómetros desviándome del destino. Me la juego, no tengo mucho que perder.

Siguiendo las indicaciones del GPS llega un momento en el que la carretera se acaba y comienza un camino. Estoy muy cansado, llevo más de 12 horas en la moto y no estoy para experimentos, la verdad. Ahora sí, por mi cabeza sólo pasa una canción, es de Los Zigarros y se titula ¡¿Qué demonios hago yo aquí?!

El camino, de repente también se acaba y, en plena noche cerrada, la vista me da para distinguir una vía del tren, franqueada por dos cunetas; una delante y otra detrás, ambas en perpendicular a mi dirección, con una profundidad que andará cerca de 1 metro. Tienen unos tablones encima que tengo que pasar y con una probabilidad excesivamente alta de hostiarme. Sólo, con la moto cargada hasta los topes, de noche cerrada, cansado…

Ni me lo pienso, porque sé que si me lo pienso igual no lo hago así que me tiro a por ello e intento cruzar. La primera la paso con más miedo que elegancia, aunque me quedo atascado al llegar a cruzar. La rueda de alante está clavada y la de atrás patina al acelerar, intento desenclavar la rueda de alante apoyandome en el freno y tirando de la moto hacia atrás, es idéntico a una trialera de enduro, pero me da mucho más miedo caerme y si ya soy torpe con mi querida Husaberg 500, no os imagináis con ésta.

Finalmente, consigo pasar los tablones, habrán sido 2 minutos pero se me han hecho eternos y con la adrenalina a tope de carga. Parece que después de la trialera hay algo de civilación. Todo recuerda a la típica película de las frías eras soviéticas. Empiezo a pasar callejones con ninguna esperanza de encontrar un hotel ahí, en el culo del mundo muerto pero oye, al menos me encuentro edificios con luces rojas. Igual hasta duermo caliente.

Contra todo pronóstico y en la parte de atrás de una calle, encuentro un hotel que encima parece estar abierto. Asombroso, ¡Qué marketing! ¡Qué posicionamiento! ¡Ya sólo falta que tengan habitaciones!

Me bajo de la moto y nada más entrar hay 2 mujeres, una detrás del mostrador y otra sentada en los sillones de recepción, no sé quién me mira peor, pero sí tengo claro quién me hablar peor, la dependienta. Parece que voy a mendigar o a robar, pero no, voy a coger una habitación y hasta tengo pensado pagar.

Pregunto si puedo pagar con tarjeta y, obviamente, la respuesta es no. Llevaba algo de dinero Georgiano pero lo quería guardar para lo que pueda venir al día siguiente, aún así, con el palo que me habrán dado no sé si me llegaría para la noche de hotel… Pero sí, me llega, ¡Qué alivio la hostia!

Me dice que ahí no puedo dejar la moto. La miro con cara de: ni de coña voy a sacarla a la plazoleta esa abandonada de la que parte la calle del hotel. La pava me empieza a gritar (como si la entendiera o entendiese) para que quite la moto y decido quitarla, voy a dar una vuelta a ver qué hay. Me da por dar la vuelta al hotel y volver por la otra calle a ver si puedo dejar la moto de forma que la vea desde la ventana de mi habitación y aparece la mujer por otra puerta. Resulta que me estaba diciendo que diese la vuelta para dejarla en la parte de atrás ¡Vaya formas!

Ha sido un día muy muy largo, la verdad. Tanto el cruce fronterizo como la conducción por Georgia me han dejado agotado. Menos mal que la habitación tiene buena pinta y me puedo dar una ducha caliente. También menos mal que hoy me ha dado por parar a comer, porque aquí de cenar ni hablamos. Una vez más tengo que dar las gracias a Industrias cárnicas Iglesias, pues toca cenar embutido de nuevo, ¡Qué pena no tener pan!

Eso ha sido todo amigos, sé que voy lento pero cada día tiene mucha miga y creo que os está gustando la forma en que os retransmito mi viaje. Sea así o no, ¡Espero vuestros comentarios, likes y comparticiones pertinentes!

¡¡Os deseo un buen fin de semana y que podáis disfrutar de placenteras jornadas de Gasolina y Rock & Roll!!

Gracias a todos los que me habéis ayudado a estar aquí, ya sea al comprarme una maravillosa camiseta o haciéndome favores para ayudarme, pero sobretodo gracias a todos y cada uno de los patrocinadores que aparcen más abajo, ¡¡Sois muy grandes!!

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